En un año tan especial como este 1997, en
el que celebramos el 400 aniversario del martirio de San Martín
de Loinatz, el tema del presente monográfico no podía
ser otro que el de la vida y obra de el patrón de Beasain.
Ya es hora de dar por superada la época calamitosa de que
el santo podía ser de dos provincias y tres pueblos. La verdad
suele ser rebelde ante las manipulaciones y se venga siempre de
quien no la acepta. Los datos auténticos tienen la propiedad
de ser coherentes y de complementarse a medida que van siendo conocidos;
y, por mucho que se multipliquen, la lógica termina por integrarlos
de modo convincente. La falacia únicamente puede manipular
lo conocido, pero carece de defensas ante los datos imprevistos,
que terminan por dejar en evidencia al falsificador y en ridículo
sus invenciones. De los errores hay que admitir que son humanos,
pero detectables, porque nacen chocando con los datos auténticos,
a medida que se multiplican las noticias genuinas, van quedando
inconexos y como quistes aislados en un cuerpo sano. Quien se nutra
de errores congénitos (producidos por fallo humano) está
abocado al chasco y quien fomente los congeniados (amañados
para que parezcan verdad) está abocado al descrédito.
En una vida de tantas documentadas, como la de san Martín
(su niñez, sus compañeros de latín y de universidad,
sus matrículas, su paso a franciscano, su renuncia antes
de profesar, su vuelta a la universidad tras la ordenación,
de donde marchó para embarcarse en Sevilla...) era de esperar
que la declaración de su rincón natal estuviera de
acuerdo con los pasos de su propia vida; y, por el contrario, era
absurdo pretender que diera la razón a las biografías
que, ante la imposibilidad de armonizar las fuentes utilizadas,
habían optado por prescindir de su época de seglar
y de fraile en España.
Estos errores, congénitos para algunos y congeniados para
otros, han sido la causa de que el santo se haya visto despachado
de su pueblo y casa; y desprovisto de sus verdaderos padres, hermanos
y familia; y sin compañeros de estudio, en su tierra y en
la universidad; en una palabra, privado de su vida seglar y de fraile
estudiante en Castilla y de profesor en tierras de misión.
Y la consecuencia de ello no podía ser más lamentable:
era tampoco lo que podía decirse de él, que una frase
irónica de nuestro maestro de novicios reflejaba perdectamente
la suerte de este santo en Euskadi y en la orden franciscana: ¡lo
importante de San Martín es la cuna, su vida no vale la pena
y sobra!
Ya va siendo hora de que se le haga justicia y de que los escritos
se dirijan a desvelar en lo posible al hombre de carne y hueso,
que nació en un caserío y tuvo padres y hermanos y
tíos y vecinos, que vivieron en un ambiente rural y religioso;
y como niño tuvo sus obligaciones en la escuela y en la catequesis;
y como aspirante a cura tuvo que estudiar en Guipúzcoa varios
cursos, de suerte que pudiera ingresar en la universidad, y, tras
matricularse allí, compartir las enseñanzas con sus
condiscípulos y examinarse al fin de cada curso; y como fraile
tuvo su noviciado, su profesión, sus estudios, su ambiente
religioso; y como profesor en tierras de misión tuvo que
impartir materias a sus discípulos y como misionero predicar
el evangelio y arrastrar las hostilidades que le llevaron al martirio.
Para desarrollar estos aspectos había datos suficientes,
si, en vez de enconarse en la polémica, hubieran sido rigurosos
con los biógrafos y si, en vez de utilizar fobias y filias
y proclamar críticamente los "creíbles por veraces"
y los "proscritos por falaces", se hubieran encarado con
cada autor y hubieran desechado todo lo no demostrado y todo lo
contradicho por documentos existentes en los archivos. De haber
procedido así, es seguro que algunos biógrafos hubieran
tenido menos seguidores y otros se hubieran visto rehabilitados.
Y entonces los 30 años y medio que vivió san Martín
no serían reducibles, como de costumbre, a un par de páginas
y la mayor parte de ellas a ponerlo de mártir "porque
sí", sino que la mayor parte de su historia tendría
lugar antes de salir de España y antes de su llegada a Japón.
Es verdad que se conocían pocos escritos del santo y era
temerario juzgarle por ellos. A este respecto hoy tenemos la fortuna
de contar con la edición crítica de José Luis
Alvarez-Taladriz, quien, además de haber aportado -sin proponérselo-
el dato clave para superar definitivamente el contencioso sobre
el origen del santo, ha hallado con su diligencia tres copias de
la primera Relación y otras tantas de la segunda y recompuesto
pacientemente el "texto" de las dos Relaciones - más
de 100 páginas del libro- "tal" y como las escribió
nuestro paisano meses antes de su martirio. Gracias a ellas podemos
conocer algunas de las reacciones de nuestro protagonista ante los
problemas que le tocó vivir, su modo de razonar, su criterio
y decisiones como hombre, como religioso y como misionero.
Propósito de este libro
La pretensión de esta biografía es dar a conocer a
san Martín a través de datos fidedignos de personas
que le conocieron y reconstruir en lo posible sus rasgos personales
y el ambiente en que nació, creció y se desarrolló
de niño, de estudiante y de seminarista de "prima tonsura";
y, tras tomar el hábito, su vida de fraile com novicio, como
teólogo y como profesor; y finalmente como misionero y mártir.
Como no murió sólo y fueron 26 los martirizados por
idénticos motivos, es obvio que se reseñe lo que se
conoce de ellos y se les conmemore en su IV centenario.
Su beatificación y canonización fueron importantes
por el proceso que les precedió y por su proclamación
oficial como cristianos heroicos y modelos para los seguidores de
Cristo. Pero en realidad nada nuevo añadieron a lo que ellos
vivieron y no vale la pena de detenerse mucho en ambos acontecimientos
de su glorificación. |